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Querido mío, aún hoy sigues en mis pensamientos, en mi
corazón, espero que jamás desaparezcas de ellos, pues sin lugar a dudas eres lo
mejor que he hecho en mi vida.
Jamás me he arrepentido de haberte tenido en mis entrañas,
de haberte dado la vida. Jamás lo dudes hijo.
A pesar de esta larga distancia que llevamos clavada,
siempre has permanecido muy cerca de mí, te he tenido presente en cada palabra
que he pronunciado, en cada movimiento que he realizado, en cada instante que he
vivido.
No pienses que el separarme de ti fue fácil, jamás lo superé, igual que jamás
superé la ruptura con tu padre. Aún a día de hoy, cuando yace en su tumba, le
sigo amando.
Espero el día que vuelva a él, espero reencontrarme pronto
en sus brazos, y sentir de nuevo sus besos.
Mi niño, recuérdame siempre, pues en tu corazón siempre
estaré, sólo debes hallar el modo de llegar a mí.
Nunca he tenido el valor desde aquél día que tu padre te llevó consigo, de
volverte a ver, de dirigirme a ti personalmente y no a través de estas misivas.
Siéntete siempre querido por mí, pues así ha sido desde
que te
tuve.
Encuentra tu camino, sé en esta vida ante todo feliz, ama aún a pesar de no ser
correspondido, pues tu habrás conocido lo que realmente es el Amor.
Quiero que estas palabras te las lleve el viento susurrándote al oído tal y como
yo lo haría, lo mucho que te quiero.
Siempre estarás en mí.
Tu madre, Esther
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